Ana Paula Santana
Una palabra se asienta en el paisaje
PALMA - Sala 1
enero 28, 2026 - abril 18, 2026
Una cromática del sonido
¿Cómo se comunican los cuerpos de tierra? ¿Hablan, acaso, con la voz de la pedrera, de las lajas recién extraídas? Luego, los minerales viajan, ¿canta el vientre del pozo su vacío? Cada laja es un tono que devora el espacio en la rompiente.
Los territorios no piensan con palabras sino con óxidos, con fracturas. Hay una voz debajo de las voces, debajo de la tierra, una voz-precipicio. Ana Paula Santana desmenuza los parajes hasta componer una escala cromática de sierras y de bosques de pino. Todo el eje neovolcánico mexicano parece ponerse de pie y respirar en estas piezas de cerámica, grabadas, sutilmente, con el sonido de su propia extracción: ¿qué nos dicen?, ¿podemos oír? También las lajas están grabadas como si, sorprendidas dentro de su sueño, ofrecieran las marcas del despertar.
Una palabra se asienta en el paisaje: tonalidad y tono. Es un espectro hecho de las voces de habitantes de Tapalpa —forma que viene del náhuatl y significa tierra de colores— pero también de la voz de los grillos, las chicharras, los pastizales, del aire que mueve las coníferas y del canto de las aves. Los dibujos, en cuyos fondos hallaremos tierra, poseen, cada uno, un color único. Están compuestos mirando el espacio, escuchando su amplitud, su frecuencia, su resonar en el tiempo una y otra vez, como las pezuñas de los caballos fantasmales.
Tapalpa, palabra hecha de aperturas y fugas de aire, danza y se estremece. Tierra de colores....
Una cromática del sonido
¿Cómo se comunican los cuerpos de tierra? ¿Hablan, acaso, con la voz de la pedrera, de las lajas recién extraídas? Luego, los minerales viajan, ¿canta el vientre del pozo su vacío? Cada laja es un tono que devora el espacio en la rompiente.
Los territorios no piensan con palabras sino con óxidos, con fracturas. Hay una voz debajo de las voces, debajo de la tierra, una voz-precipicio. Ana Paula Santana desmenuza los parajes hasta componer una escala cromática de sierras y de bosques de pino. Todo el eje neovolcánico mexicano parece ponerse de pie y respirar en estas piezas de cerámica, grabadas, sutilmente, con el sonido de su propia extracción: ¿qué nos dicen?, ¿podemos oír? También las lajas están grabadas como si, sorprendidas dentro de su sueño, ofrecieran las marcas del despertar.
Una palabra se asienta en el paisaje: tonalidad y tono. Es un espectro hecho de las voces de habitantes de Tapalpa —forma que viene del náhuatl y significa tierra de colores— pero también de la voz de los grillos, las chicharras, los pastizales, del aire que mueve las coníferas y del canto de las aves. Los dibujos, en cuyos fondos hallaremos tierra, poseen, cada uno, un color único. Están compuestos mirando el espacio, escuchando su amplitud, su frecuencia, su resonar en el tiempo una y otra vez, como las pezuñas de los caballos fantasmales.
Tapalpa, palabra hecha de aperturas y fugas de aire, danza y se estremece. Tierra de colores. Lajas. Piedras. Nada sabemos de las gigantescas piedras —¿o deberíamos decir cantos?— que pueda ser traducido a lenguas humanas. Nada sabemos tampoco del origen de los colores de esta tierra. ¿Y si la ceniza que voló desde los volcanes y cayó hace miles de años hubiera sido la responsable de sus tonos?, ¿si los colores de este pueblo, en su origen, provinieran del fuego? Las piezas de la artista no buscan responder estas preguntas sino que las convocan.
Como una etnógrafa sonora o como una poeta del espacio —clasificaciones que acaso digan lo mismo—, Ana Paula sabe que un sonido inaccesible no deja de habitar el lugar donde nació; por eso construye una partitura hecha de ecos y desfases, de voces fugadas hacia atrás, hacia abajo, hacia adentro, hacia el corazón de la tierra. Y recupera sus chasquidos.
Pola Gómez Codina
Buenos Aires. Enero de 2026